Apertura clásica 1

El señor de las moscas, William Golding

“¿Qué tan difícil puede ser escribir una reseña?”. Después de casi tres días intentándolo, puedo decir que bastante. No sólo basta con leer un libro; hay todo un trabajo de fondo, de introspección, que en este momento me estaría abrumando un poco. Si bien la pregunta surgió en medio de risas y chistes, a la larga terminó convirtiéndose en una suerte de búsqueda personal. Y heme aquí, subiendo la primera parte de lo que serán las reseñas inaugurales de este blog. Por si les interesa saber, aunque lo dudo por ahora, primera parte porque no podía decidirme con cuál empezar y desde hace rato siento que estos dos libros me hablan. (Sí, dos tazas de café al día por un tiempo largo pueden hacer que uno empiece a hablar con objetos inanimados).

Mientras intentaba descifrar el grado de dificultad de reseñar, me topé con algo peculiar: cada libro, cada género, se comporta de una manera distinta. Y cuando se trata de clásicos… Búsqueda personal #2: “¿por qué empecé con un clásico?”. Siempre hay algo nuevo que se puede agregar a lo ya escrito acerca de los clásicos.

En 1954, William Golding logró, tras varios intentos fallidos, publicar la novela que luego lo consagraría a un premio Nobel: El señor de las moscas. Situada en una isla desierta, esta obra nos cuenta la historia de un grupo de estudiantes ingleses (cuyas edades van de los 5 a los 12 años), que naufragan luego de que el avión en el que iban se estrellara. Pronto, los más grandes del grupo se organizan para subsistir sin saber que el miedo romperá su incipiente sociedad.

Antes de continuar es preciso contextualizar. La segunda guerra culminó con la caída de dos bombas atómicas en las zonas de Hiroyima y Nagasaki. La Conferencia en Yalta dio, entre otras cosas, las bases para la creación de las Naciones Unidas, pero también supuso un mundo bipolar. Las sociedades en todo el mundo estaban reorganizándose y Golding fue astuto en crear una alegoría de esto y poner a un grupo de niños en edad escolar en el centro: era preciso explotar la inocencia que encarnan y trastocarla para advertir sobre lo frágil que son las sociedades y con la facilidad que pueden dar paso a monstruos.

Desde el comienzo de la novela quedan en evidencia qué roles jugarán los personajes principales. Esto se debe a sus personalidades marcadas y transparentes. No hay medias tintas; cada uno de ellos se comporta de manera similar de principio a fin, desarrollando en mayor o menor medida la cualidad que representan. Ralph (la civilidad), elegido por el resto de los niños como líder del grupo, pronto encuentra fricción con Jack (el salvajismo) a quien nombra jefe de cazadores para apaciguar sus ansias de poder. Tanto Ralph como Jack tienen manos derechas que resultan antagónicas entre sí: Piggy (la cientificidad, la racionalidad), quien sufre de los abusos de los otros chicos a causa de su aspecto –al punto tal de no saber su nombre y optar por un apodo como Piggy o Cerdito –; y Roger (el sadismo), quien alimenta y foguea constantemente a Jack como el líder nato del grupo. Entre los otros personajes a destacar encontramos a Simon, un jovencito que encarna el bien y la buena voluntad, y el único en interactuar con el famoso Señor de las Moscas.

Esta es una historia plagada de simbolismos y antagonismos. La lucha por poder es palpable desde el primer conflicto entre Ralph y Jack, el cual durará hasta el final de la obra encarnado en la posesión de la caracola (objeto que los mismos niños cargan de simbolismo, aquel que otorga legitimidad al líder). El instinto de supervivencia se traduce en los anteojos de Piggy, cuyos cristales le otorga al grupo el tan preciado fuego. Pero esta supervivencia, ¿se debe accionar a través de la civilidad o del salvajismo? Resulta interesante cómo Golding comienza creando una sociedad casi perfecta, funcional y de a poco la destruye hasta arrojarla a la anomia total. ¿El catalizador? Miedo. Miedo a la oscuridad, a la selva, a lo desconocido, miedo a la Bestia. Tanto para Ralph como para Jack, protegerse de la Bestia comienza a convertirse en una quimera que resuelven de maneras distintas pero que desencadenan resultados desastrosos. Y es, sin embargo, Simon quien logra comprender la verdadera naturaleza del monstruo invisible que acecha a los niños.

Golding nos invita a reflexionar sobre la pérdida de la inocencia, sobre la ostentación de poder y la represión que servirá de influencia y cuyos temas serán retomados en otras obras de literatura juvenil como Los juegos del hambre, Los 100 o Maze runner (por nombrar algunos). Muchas veces confundida como una novela de aprendizaje –el coming of age –, El señor de las moscas es sin embargo una gran alegoría de qué sucedería cuando las sociedades comienzan a fallar.
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